Remordimiento, enfado y placeres
Esta es una entrada esquizofrénica. Pero no nos importa, no. ¿Verdad que no preciosssso mío?
Vamos a lo serio: ayer reaccioné mal ante un par de opiniones de personas a las que considero mis amigos. Aun no sé por qué sucedió, pero fue una reacción bastante pueril por mi parte. Ahora solamente tengo que pensar si me compensa elucubrar acerca de ello, o simplemente dejarlo estar.
Elucubraré sobre ello. A fin de cuentas para eso está el blog.
Casi todas las personas que conozco tendemos a dejarnos llevar por nuestras reacciones sin detenernos a pensar demasiado en las consecuencias de lo que hacemos y/o decimos. Es natural: no se puede estar todo el día en tensión.
Pero dentro de esto hay seres humanos gastan más tiempo y energía que los demás en pensar lo que dicen y, lo que es más importante, en cómo lo dicen. Con más o menos éxito. Yo entro dentro de esta categoría por razones que he ido diciendo en entradas pasadas y que no me apetece repetir ahora. También me pasa con lo que escribo y con lo que hago.
Dejando aparte lo cansado que sea o deje de ser esta manera de llevar las cosas, considero que tiene sus compensaciones. La primera y más importante es que tiendo a no arrepentirme de lo que hago o digo porque por regla general suele ser parecido a lo que quiero hacer o decir. Siempre tengo razones para explicar el por qué de mis acciones. Me puedo equivocar, y lo hago muy a menudo, pero es un peligro que siempre se corre.
Por eso cuando me sucede algo como tener que cortar a un amigo cuyas opiniones valoro, y que me está dando su visión personal sobre un tema, me desoriento. Me desoriento, y mucho; porque no es algo que suela hacer y para lo que no tengo explicación alguna, salvo que llegó un momento en el que directamente no me apetecía seguir escuchándole hablar del tema.
Que lo que estuviese diciendo me gustase o dejase de gustar es accesorio. Estoy acostumbrado a oir y aceptar opiniones distintas a la mía con frecuencia. También intento entenderlas. De hecho es por eso, entre otras razones, que ahora mismo estoy escribiendo esto.
¿Será porque estaba ilusionado con el tema y ellos se dedicaron a demolerlo sistemáticamente, mientras bajábamos por Montera? ¿Será por las formas que no fueron las más adecuadas ni por mi parte ni por la de ellos? ¿Será porque tenía la sensación de que realmente me discutían por discutir, aunque esto probablemente sea falso?
El mensaje que me llegaba era como que les fastidiaba que yo quisiera plantear el comprarme la casa en la que vivo, un sitio que me gusta y donde estoy muy cómodo. Naturalmente esto es una idiotez de mi enferma mente. No hay ninguna razón para ello; son mis amigos y estoy convencido de que quieren lo mejor para mí. El problema seguramente está, como siempre, en el receptor. Pero ¿dónde?
Hay que subir a echarle una ojeada a la antena.
Estoy un poco cansado de intentar entender al resto del universo. Aunque, claro, si aspiro a que el resto del universo me entienda, antes debo entenderme yo mismo. No queda otra. Y me temo que no voy por buen camino.
Cambio de tercio. Estoy saliendo a correr por las tardes con una amiga. Hacía cantidad de tiempo que no movía el cuerpo . La informática tiende a anquilosarte y a dejarte rígido y debo reconocer que lo echaba de menos. Antes me gustaba mucho jugar al baloncesto y me pasaba el día corriendo y moviéndome. Ya era hora de retomarlo.
Ah, una entrada que inagura mi lista personal de placeres que valen una vida: entrar por la puerta después de hacer ejercicio y de volver a casa caminando, beber un trago de agua bien fría y comerse tres rodajas de una sandía buenísima y dulce, mientras hablas con una encantadora amiga poseedora de conversación variada e inteligente, más curvas que un plato de spaguettis, la piel perlada de inquietante sudor y solamente un sujetador y unas mallas ajustadas. Y unas zapatillas de deporte.
La vida después de todo no está tan mal.
jueves, mayo 12, 2005
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